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Dicen que fueron los antiguos chamanes los que primero aprendieron a cantar armónicos, imitando el sonido de una cascada. Se sentaban a escuchar y se concentraban durante días, o incluso años, hasta lograr que su voz fuese capaz de confundirse con la cascada en un solo flujo tonal, como si el agua saliese por sus bocas, o como si fuera su voz la que se proyectase barranco abajo hasta el río. Recibían el don de la naturaleza, del mundo espiritual. Y entonces comenzaron a sanar, con ese sonido, los males de sus pacientes.

Siglos después, algunos lamas tibetanos aprendieron a cantar esos armónicos. Dicen que un lama soñó con su voz que era a la vez la de un yak y la de un niño, pronunciada de forma sorprendente y simultánea por la misma garganta. Tan terrorífica y angelical al mismo tiempo, juntas en un flujo único, como la cascada del chamán. Al despertar, fue capaz de reproducirla con sus propias cuerdas vocales, y después fue copiada por otros lamas. Era el sonido tántrico que trasladaba a los primeros maestros a otra dimensión, que les hacía palpar la deidad misma. Era el sonido más grave, tanto como para matar a la muerte, y tan agudo que sin esfuerzo abría puertas desconocidas. Y entonces comenzaron a sanar, con aquella voz dual…

Fragmento de El Profeso en Tíbet de Carlo Emanuele Ruspoli

 

Taller de Voz, Meditación y Armónicos facilitado por Enrique Martínez

Sesiones individuales con Enrique Martínez

Grupo semanal de Meditación con la Voz guiado por María Albaladejo

 

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